28 de marzo de 2017

Verdad cinematográfica, verdad histórica


Llego, a través de una recomendación en redes sociales del crítico argentino Marcos Gustavo Vieytes, a la arcana película húngara de 1982 La elección de Hanna B (extraña traducción del original Egymásra nézve o del inglés Another way, con ninguna Hanna entre los personajes principales), dirigida por Károly Makk y János Xantus. El motivo: su aparente influencia en Carol, temática por un lado (una mujer casada se enamora de otra mujer, en los años 50 y en un contexto nada propicio para ello) y cromática por el otro (una secuencia navideña, con tonalidad y ambiente semejantes, que parece transcurrir en paralelo en los dos largometrajes). Como afirma el propio Vieytes: 
Veinticinco años antes que Carol hubo otra navidad, otro piano, otros cigarrillos, otro viaje, otro hotel y otras amantes descubriéndose, una rubia y otra morocha, una diva y otraa admiradora.

Las diferencias son tan significativas como las semejanzas: una banda sonora estridente y un desenlace apresurado y tremendista hacen perder enteros a La elección de Hanna B, en la que encontramos un cuidado de la puesta en escena y un potencial metafórico de sus planos sensiblemente menor al de Carol. Por más que el tiempo de la ficción sea el mismo, el poco esperanzador panorama de la Hungría de 1982, en la que János Kadar llevaba un cuarto de siglo en el poder con una mezcolanza de "consumismo, represión racional y no irracional, consenso tácito, indiferencia religiosa y vida diaria despolitizada" (en palabras de la filósofa marxista Agnes Heller), se traspasa a la pantalla y la película rezuma un indudable pesimismo, en el que todavía humean por los rescoldos de la dureza represiva que siguió a la abortada revolución de 1956. 

Es precisamente el recuerdo de esa revolución, solo dos años anterior a la peripecia de los personajes de este film, el que da lugar a una secuencia que traemos a colación, por su especial significación tanto desde el punto de vista cinematográfico como político. A través de un pequeño espejo, Livia, la protagonista que trabaja convencionalmente en la redacción de un periódico y no menos convencionalmente convive con su marido, militar de alta graduación, descubre a Eva, la luchadora periodista, abiertamente lesbiana, con un aspecto físico nada convencional, que acaba de incorporarse a la redacción del mismo diario con ganas de poner sobre el tapete la dramática realidad del país tras la "normalización" que siguió la traumática invasión soviética del ya citado año 1956. Y es un descubrimiento clandestino: lo hace sin mirarla directamente y sin que nadie sepa que la mira, y al descubrimiento físico se une el deslumbramiento intelectual: Eva habla en un lenguaje directo y descarnado, ajena a las prevenciones y los eufemismos en boga, y en apenas un par de frases es capaz de dar con las claves de la impopularidad del régimen prosoviético instalado en el país tras la II Guerra Mundial y del estallido del levantamiento popular. El constreñimiento de su imagen, nítida aunque atrapada en ese pequeño espejo, refleja también las múltiples clandestinidades del personaje: política, sexual, laboral y física.




























La verdad histórica que reflejan sus palabras tuvo su correlato en la conmoción que los sucesos de Hungría provocaron en el movimiento comunista internacional, en el que se inició una lenta decadencia cuya aceleración fue ya irreversible a partir de 1968, con la invasión de Checoslovaquia y el simultáneo surgimiento de la nueva izquierda, que a partir de entonces tomó múltiples rumbos y se alejó para siempre del ejemplo del Europa del Este. En el mismo año 1956 el hasta entonces militante comunista británico, el historiador Edward P. Thompson, reaccionaba de esta manera
Ningún capítulo sería más trágico en la historia internacional del socialismo, si el pueblo húngaro, que ya perdió una vez su revolución ante la reacción armada, se viera empujado a los brazos de los poderes capitalistas por los crímenes de un gobierno comunista y por la incomprensible violencia de los ejércitos soviéticos. 
Así que yo espero que mi partido, el Partido Comunista, recupere el apoyo de los trabajadores. ¿Pero dónde está mi partido en Hungría? ¿Estaba en las emisoras o en las barricadas? ¿Y qué es? ¿Es un conglomerado de oficiales de seguridad y burócratas desacreditados?
Otra intelectual, la italiana Rossana Rossanda, primero comunista y luego destacada militante de la nueva izquierda, rememoraba medio siglo después la significación de la invasión de Hungría con la lucidez y la amargura de quien vio cumplidos los peores augurios que Thompson esbozaba durante estos hechos:
Los sucesos de Hungría se condensan en mi interior en una fotografía, un funcionario colgado de un farol delante de la CSEPEL, con el cuello roto y el rostro descompuesto del ahorcado, mientras debajo ríen dos obreros de la fábrica sublevada. Fue la primera vez que me dije: nos odian. No los patronos, ellos, los nuestros, nos odian. 
(...) El pobre y el oprimido no siempre tienen razón. Pero los comunistas que se hacen odiar siempre están equivocados. Y aquél era un odio sólido, sedimentado, no se llega a tales barbaridades sin haber sufrido ultrajes durante mucho tiempo. En aquellos días se me llenó el pelo de canas, sí, es cierto que sucede; tenía treinta y dos años. 
Entre Thompson y Rossanda, esta olvidada y honesta película, merecedora de mejor suerte que el Imre Nagy que fue ahorcado, del Janos Kadar que murió en la cama y de un bloque soviético que expiró con muy pocos que le llorasen.   

2 comentarios:

Marcos Vieytes dijo...

Muchas gracias por mencionarme, Mario, así como por la información de tu texto y las imágenes de ese momento significativo de la película.

De paso, te saludo por este medio en vez de Facebook, debido a que me han suspendido de esa red social durante treinta días justamente por publicar una captura de esta película.

Un abrazo,
Marcos

Mario Iglesias dijo...

Hola, Marcos:

leí lo que contaste sobre tu suspensión en twitter, no deja de ser "curioso" (por decir algo) que hubiese una mayor permisividad en cuestiones de desnudos en la Hungría de Janos Kadar que en el Facebook de Zuckerberg.

Gracias a ti por descubrirnos esta interesante película, sobre la que hay muy pocas referencias (ninguna para mí antes de leerte).

Un abrazo.