2 de julio de 2015

¿Por qué Jesse James?

Hace ya ocho años, en 2007, un cineasta de exigua carrera (antes y después de ese año), el australiano Andrew Dominik, presentó en el Festival de Venecia una película a priori muy poco estimulante: El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Los prejuicios hacían inevitable preguntarse por qué otro westero -género que muchas veces se ha dado por muerto-, de tan desmesurado título y tan larga duración, y por qué abordar de nuevo una figura tran trillada como la del bandolero sudista, un personaje cuyas andanzas vitales difícilmente justifican la exagerada atención que la historia del cine le ha prestado.



El visionado de este film, dos años después y en una sala inmejorable, despejaba todas estas dudas: desde el comienzo, una banda sonora hipnótica y envolvente (compuesta por Nick Cave y Warren Ellis), una voz en off objetiva y desapasionada y una fotografía cuyos afectados tonos marrones, lejos de resultar hiperbólica, nos transmitía el aroma de lo añejo y de los olvidados parajes en que había transcurrido la breve vida de Jesse James y su banda de forajidos, iban construyendo algo muy diferente del agotado western tradicional. A lo largo de dos horas, y a pesar de la siempre limitada interpretación de Brad Pitt, la hasta entonces sólida figura de Jesse James se desvanecía en el aire y se convertía en un personaje de una profunda vulgaridad, solamente por el efecto de ver narradas sus aventuras con frialdad notarial. Pero en ello no estribaba la principal virtud de esta obra, sino, exactamente, en su media hora final, una supuesta coda que en realidad era la que justificaba el sintagma "por el cobarde Robert Ford" que alargaba el título. Casey Affleck se echaba entonces la película sobre los hombros y rozaba la gloria con una majestuosa interpretación componiendo el retrato de la vida del asesino después del crimen, consiguiendo dar nervio y verosimilitud a la compleja y desequilibrada personalidad del admirador que acabó con la vida de su ídolo y que intentó construir una vida, miserablemente infeliz, alrededor de ello.

El poso que El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford deja dista mucho de ser momentáneo, y una de las preguntas que desde entonces no nos ha dejado de merodear al recordarla es: ¿por qué el cine de Hollywood se empeñó, durante tantas décadas, en mitificar y convertir en paradigma del simpático justiciero a un hombre de la rudeza y la falta de atractivo moral de James? Observando la biografía del forajido, hay un detalle de gran significación sobre el que se pasó de puntillas en muchas de estas películas, y es su militancia en la guerrilla sudista de William Quantrill durante la Guerra de Secesión estadounidense. Parece indudable que los grandes estudios, en su afán de hacer un cine que resultase grato al público mayoritariamente segregacionista de los estados del Sur, comprendió enseguida que hacer obras como El nacimiento de una nación era contraproducente: una defensa tan descarnada de la esclavitud y de los crímenes del Ku Klux Klan solo podía ahuyentar a otros tipos de público, menos complacientes con el racismo, los linchamientos y la visión romántica del Ejército Confederado que cultivaron, al menos en este último aspecto, cineastas como John Ford, Howard Hawks Michael Curtiz.

La figura de Jesse James, edulcorada y despojada de sus aristas más polémicas, se convertía así en el personaje ideal: mientras atraía al público del Sur por su indudable militancia en la causa confederada y sus andanzas se revestían de una lucha contra la supuesta tiranía de la Unión antiesclavista, la mención al fondo de las ideas por las que combatía era tan telegráfica (o inexistente) que impedía cualquier impugnación desde la causa de la igualdad racial a la construcción cinematográfica de ese mito, con ejemplos tan notables como el díptico conformado por Tierra de audaces (Henry King, 1939) y La venganza de Frank James (Fritz Lang, 1940). 
La llegada del largometraje de Dominik, muchas décadas después de que el western hubiese construido su discutible imaginario a base de sublimar el genocidio indígena e intentar dar legitimidad histórica a la causa del esclavismo, venía a poner unos pocos clavos más en un ataúd todavía no muy bien cerrado, y de paso nos situaba en el ámbito mucho más amplio de la desmitificación de la creencias recibidas y, a través de la desdichada historia de Robert Ford, de la distancia entre las expectativas y la realidad, entre la vida imaginada y la vida realmente vivida, entre la felicidad que se anunciaba y la desolación que llegó.

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