25 de febrero de 2015

La oscuridad visible


Recordar en estos tiempos el nombre de Julio Medem produce cierta melancolía: su descrédito como cineasta es total. Pero hace dos décadas, su mención provocaba sensaciones diametralmente opuestas: era, en mi opinión, un director de películas de primer nivel. El ejemplo que quiero sacar a colación es Tierra (1996), una inolvidable y poética evocación del amor a través de un hombre recién salido de un internamiento psiquiátrico. Yendo al terreno personal, puedo decir que recuerdo nítidamente cada uno de los tres visionados de este sobresaliente film; en quién pensé, con quién estaba y a quién hablé del asombro que me había causado en los tres casos. Sin detallar mucho más, pondré como ejemplo de la honda impresión recibida que, tras verla por primera vez, fui prestando mi copia del film durante los meses siguientes a seis amigas distintas, todas ellas mujeres (no por casualidad).

Más allá de sus, para mí, rotundas cualidades cinematográficas, Tierra me contagió de una idea tan poderosa como ingenua: que toda enfermedad mental es superable a través del amor, que no hay mal interior que no pueda ser vencido por la felicidad sentimental. A la manera del cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges, en el que una sociedad secreta elabora una enciclopedia en la que se describe un mundo ideal y, conforme van saliendo los tomos a la luz, el mundo empieza a imitar esas formas imaginadas, la idea que evocaba Tierra  me parecía tan imbatible, tan perfecta y tan esperanzadora, que resultó difícil no acudir a ella en cuanto la realidad se empezaba a parecer un poco a tan hermoso planteamiento.

Una reminiscencia de ello podría haber también en la novela Noches blancas, de Fiódor Dostoyevski y en algunas de sus adaptaciones cinematográficas (la homónima, dirigida por Luchino Visconti en 1957, o Cuatro noches de un soñador, de Robert Bresson, 1971), si no fuese por su desesperanzado final, aunque se le intente revestir del conocido hálito de “mejor haber vivido esta infelicidad que haber seguido en la indiferencia”.  Algo cambia en la última de estas adaptaciones, Two lovers (2008) de James Gray, que es capaz de dar la pirueta final y transmitir la misma poderosa idea de Tierra, cuando el protagonista parecía irremediablemente condenado a vagar por una errática existencia de sombras y desamor perpetuo. Quizá no sería aventurado añadir que esa idea sembró con tanta fuerza en el propio Joaquin Phoenix que de ahí vino la semilla de sus dos años dedicado a la locura descabellada (en el mejor sentido de la expresión) de I’m still here (Casey Affleck, 2010).


Pero, por muy fuerte que arraigue una idea y por muy bellamente representada que esté, llega el momento de confrontarla con la realidad. Y, como decía el personaje de Humphrey Bogart en Cayo largo

Cuando tu cabeza dice una cosa y toda tu vida dice otra, nunca triunfa la cabeza.
Sin duda, la idea que extraje de Tierra y Two lovers resultó sonoramente derrotada. No solo por la experiencia, sino también por la literatura. El triunfo total y absoluto de esa visible oscuridad sobre el amor me llegó a través de dos autores muy distintos, pero capaces de dar algo de sentido a una pobre existencia que tanto se despegaba de los finales de las películas de Medem y Gray. La primera, Belén Gopegui, en su primera novela La escala de los mapas y mucho antes de encaminar su obra hacia el camino del panfletarismo, captaba en su personaje de Sergio Prim algo muy alejado del terreno de los mitos y sí muy cercano a la verdad sentimental de hoy en día. Uno de sus monólogos finales, en los límites de la razón, resulta muy revelador:
Ah, pero hay audaces que afirman que ella jamás existió. Yo tengo pruebas, por supuesto: su aroma impregna, definitivamente, el borde de mis solapas. ¿Pero por qué debo probarlo? Y probándolo, ¿qué conseguiría? ¿Es que se ha determinado ya la diferencia entre las ideas de los sentidos y las ideas de la imaginación? Si es así tengan, por favor, la bondad de decírmelo. Expíquenme cómo saber si el entendimiento entre dos personas -dos almas- existió o fue criatura de la mente nada más. Si es así que lo nieguen todo, de acuerdo. Que nieguen incluso que yo existo. ¿Existo o no existo? ¿Existo o soy una creación de esa mujer de cuello largo, esa que estaba sentada en el sillón de orejas que heredó de sus abuelos cuando todo empezó? ¿Pero qué fue, qué fue lo que empezó?

Y el segundo, el muy polémico Michel Houellebecq, tan reaccionario como gran escritor, en su denunciada ante los tribunales franceses (por supuesta incitación al odio racial) Plataforma, llevaba a su protagonista a unas certeras conclusiones tras el dramático fin de su vida sentimental y antes de abandonarse a la muerte:
Del amor me cuesta hablar. Ahora estoy seguro de que Valérie fue una radiante excepción. Se contaba entre esos seres capaces de dedicar su vida a la felicidad de otra persona, de convertir esa felicidad en su objetivo. Es un fenómeno misterioso. Entraña la dicha, la sencillez y la alegría; pero sigo sin saber por qué o cómo se produce. Y si no he entendido el amor, ¿de qué me serviría entender todo lo demás?
Aunque rezume un desalentador pesimismo, y mal que me pese al concluir estas líneas, la única conclusión que puedo sacar de este juego de influencias contradictorias es que la poética verdad cinematográfica perdió frente a la prosaica verdad literaria, sin posibilidad de matices.

10 de febrero de 2015

Wanda la Roja


Es probable que la película Ida (Pawel Pawlikovski, 2013), a pesar de su corrección formal, su llamativo blanco y negro, su formato 1.33:1 y su manera de recrear la grisura de los años finales de la década de 1950 en Polonia mediante una estética fría, austera y hierática, hubiese pasado desapercibida (o, al menos, hubiese visto muy rebajado su impacto) si no fuese por el personaje de Wanda, interpretado por Agata Trzebuchowska. 

La cantidad de historia y de matices con los que carga Wanda a sus espaldas es difícil de sobreestimar. Porque, desde su primera aparición en la que ella misma parece querer asimilarse con una prostituta (o al menos, es lo que mi tal vez sucia mirada como espectador quiso ver en su primera alusión a su "profesión" ante su sorprendida sobrina), pasando por su posterior revelación como una desganada jueza que imparte sentencias como quien lee un dictado sobre el Mío Cid en el colegio, el desvelamiento de su judaísmo y el de su sobrina como hecho clave,  su impresionante pericia como interrogadora de unos vecinos que cargan terribles secretos criminales en su conciencia (que ella conoce, pero no sabemos si por su intuición, su inteligencia, sus pasados altos cargos o su consciencia de hasta dónde puede descender la condición humana), su pasado como ex fiscal del Estado, hasta llegar a sus antagónicos papeles como madre y resistente contra el nazismo, parece que todas las tragedias del siglo XX se hayan concentrado en su brutal y nada envidiable existencia.


La misma forma de ponerle fin nos remite a Primo Levi y Paul Celan: la carga de haber sobrevivido a unos tiempos tan atroces es demasiado onerosa incluso para un personaje de su fortaleza. Sus últimas palabras tienen unas implicaciones imposibles de pasar por alto: después de revelar a su sobrina Ida el trágico fin de toda su familia, confiesa que ella los dejó para irse a luchar con la resistencia, y añade, como colofón:
Quién sabe para qué.
Y en esas cuatro palabras está condensada la terrible inutilidad de una existencia. Seguramente no haya una opción que justifique una vida de forma más plena que haber abandonado la pasividad ante un poder de la atrocidad opresora del nazismo y haberse enfrentado a él de forma directa, y con éxito, además. Y sin embargo, Wanda lo ve como algo inútil, y nos preguntamos: ¿cómo es posible?



Además de la pérdida de su hijo, una herida que nunca cicatriza, Wanda nos da otra pista, que nos lleva a un camino siniestro: el de las purgas stalinistas, en la que tuvo un papel protagonista. De forma breve y concisa y de nuevo hablando con Ida, lo recuerda así: 
-Antes era fiscal del Estado. Grandes jucios públicos. Condené a muerte a algunas personas. 
-¿A quiénes? 
-Enemigos del Pueblo. Fue a principios de los 50. Wanda la Roja, esa soy yo. Pero eso fue hace mucho.
Por lo que sabemos, este hecho concreto de la personalidad de Wanda ha causado mucha controversia en Polonia, y seguramente en buena parte de los coloquios que se han llevado a cabo en todo el mundo tras la proyección de Ida (confieso no haber acudido a ninguno) se ha debatido sobre esta cuestión. Hay un pasaje muy polémico en las memorias del fallecido ensayista británico Christopher Hitchens, Hitch-22, en el cual, tras hablar del tardío descubrimiento de sus propios orígenes judíos, añade que le llama la atención la cantidad de judíos implicados en el aparato represivo de los regímenes prosoviéticos del Este de Europa, y vincula este hecho con el Holocausto: una forma de venganza. Pero esta aventurada conclusión, no inhabitual en el a veces arbitrario Hitchens, casa mal con los matices antijudíos de buena parte de estas purgas, trufadas en muchos casos de acusaciones nada inocentes de "sionismo" y "cosmopolitismo": el complot de los médicos, surgido en los últimos meses de la vida de Stalin (y que cuenta además con una versión cinematográfica, realizada por Aleksei German en 1998) es solo el último ejemplo de ello.


Y tal vez ahí sea clave el nombre de Lavrenti Beria, un hombre que ha pasado a la historia como uno de los principales verdugos al servicio de Stalin (y a quien debe su nombre el cineasta filipino Lav Diaz) pero cuya trayectoria da fe de los contradictorios bandazos, carruseles y esquizofrenias de la URSS durante la dictadura del georgiano. El papel de Beria como jefe de la policía y los servicios secretos de la URSS hasta 1953 implicó también la organización de cuerpos semejantes en los países de Europa del Este que, tras la II Guerra Mundial, quedaron bajo influencia soviética, y en ello empleó a personas de su confianza, buena de parte de ellas judías, como el propio Beria. Las purgas que se desencadenaron entre 1948 y 1953 (de las que tenemos otro notable ejemplo cinematográfico en La confesión, de Costa Gavras, film basado en la experiencia personal del dirigente comunista checoslovaco Artur London) fueron en gran manera organizados por los enemigos políticos de Beria para debilitar su posición como previsible sucesor de Stalin, lo que culminó con su propia ejecución en diciembre de 1953, cuando ya las sangrientas purgas daban sus últimos coletazos y Nikita Khruschev se consolidaba como nuevo hombre fuerte de la Unión Soviética.

Seis años después, Wanda, una pieza ficticia en este complejo engranaje, era enterrada entre discursos huecos y desganadas menciones a la "patria socialista" y la "justicia popular".