29 de septiembre de 2014

Zinemaldia 2014 (2): El amor subterráneo


En un festival de cine, la mayor recompensa es encontrarte con una obra maestra desconocida que, de otro modo, jamás habrías visto o hubieras tardado años en oír hablar de ella. En el Festival de Donostia de este año, ha sido Loreak, película rodada en euskera y dirigida por Jon Garaño y José Mari Goenaga,  la que se ha impuesto con contundencia sobre todas las demás y la que ha revelado, de modo inesperado, su carácter de película imprescindible y dolorosamente inolvidable, a pesar de que el jurado no le haya concedido ni un pequeño reconocimiento.



El comienzo, por poco habitual, merece ser mencionado: una de las protagonistas, Ane, habla con su ginecólogo y éste le comunica que, a sus cuarenta y pocos años, ha entrado en la menopausia. Y, coincidiendo con este proceso, empieza a recibir de forma anónima ramos de flores en su casa, ante la extrañeza y progresiva exasperación de su marido. Desde ese momento, una concatenación de hechos nos van sumiendo en la dura melancolía de unas vidas tan frágiles que parezcan hechas de niebla; unos matrimonios tan desgastados y faltos de amor (y de hijos) que parezcan hechos de rutina, pero una rutina tan molesta y tan fría que se adentra en los pantanos del dolor lacerante; y unas relaciones familiares tan fallidas y desastrosas que parezca lógico que, ante la ruptura del vínculo primordial (la muerte del marido que suponía el único enlace entre unas y otras), la consecuencia sea un abismo insalvable y un silencio de años.


La presencia (y posterior ausencia) primordial de la película es la de Beñat, un hombre afable y sonriente que trabaja manejando una grúa, que intenta ejercer de puente entre su mujer y su madre (cuya relación está marcada por la tensión) y que observa desde lejos a Ane, compañera suya de trabajo, con la que se conforma con un saludo cordial de vez en cuando. Es la aparición de la muerte y la difícil digestión de los fallecidos lo que va dando y quitando sentido  al errático transcurrir de los protagonistas, desde un informativo de televisión que en una cena familiar nos habla de la memoria histórica y de los asesinados por el franquismo hasta el revelador diálogo que Beñat sostiene con su madre, Tere, para justificar su reticencia a acudir a la tumba de su padre:
-Los muertos están muertos.
-Sobre todo cuando los olvidas. 

En la misma línea va el reproche que Tere le dirige a su nuera por no haber tenido descendencia, con la mentalidad arcaica pero práctica de quien sabe que la única forma efectiva de luchar contra la muerte es dejar a alguien que nos recuerde, aunque sea a la fuerza:
-Cuando una mujer quiere tener hijos, se tienen, no importa lo que opine el hombre.
La película avanza con ritmo demorado; la narración abarca cuatro años, pero los océanos de dolor que se van abriendo parecen comprender las frustraciones de las cinco vidas que aquí se ponen en juego. La ejemplar fotografía, que sabe captar las luces tenues que van puntuando unas vidas llenas de sombras, llega a su punto culminante con la iluminación de las cenizas de quien removió toda la trama y que nos recuerda a la luz cegadora que entraba por detrás de la tumba de Ordet. La cámara se mueve lentamente, sin énfasis, con sutileza, como una narración en la que, como verbaliza Ane en la parte final, nunca sabemos nada al cien por cien e incluso el posible amor que dio sentido a las peores épocas pudo no haber existido y ser fruto de una confusión.



Las flores a las que alude el título actúan como una bomba de relojería y como la muestra de que, ante la costumbre del hastío, el vacío y el desinterés, cualquier muestra de amor resulta sospechosa. Tanto el marido de Ane como la mujer de Beñat reaccionan igual cuando, en circunstancias distintas, aparecen semanalmente unos ramos de flores de remitente desconocido: acuden a la floristería con ínfulas policiales, se indignan de que no haya un registro de los extraños que han adquirido unos objetos tan subversivos y han tenido la desfachatez de dar a conocer, tímida y anónimamente, un amor clandestino que no pueden expresar de otra forma. Tal vez ahí esté el mayor mérito de Loreak: el saber captar que no hay nada más doloroso que el amor subterráneo que no tiene forma de salir a la luz y que no tiene más posibilidad de manifestarse que mediante el indicio anónimo y culpable. Nos gustaría pensar que todos los actos tienen consecuencias, que no hay amor inútil por secreto y baldío que parezca y que, en realidad, la peripecia de Beñat y Ane nos resulta lejana y sabemos ver que, en su caso, actuaríamos antes de que la muerte impidiese cualquier atisbo de felicidad.

Pero jamás nos atrevimos a enviar ni una mísera flor y Loreak se fue de vacío del festival.