19 de octubre de 2007

No me acuerdo de olvidarte


Tras haber transcurrido siete años desde su estreno, por causa de la progresiva fascinación del público cinéfilo hacia la originalidad de una realización y la tragedia de un argumento que se va desvelando con cuentagotas –incluso hay quienes no encajan todas las piezas del puzzle hasta un segundo visionado-, no resulta arriesgado afirmar que Memento, de Christopher Nolan (2000), se ha convertido en un clásico.
Algo tan desconocido y desconcertante para el gran público como la pérdida de la memoria reciente es lo que padece el principal protagonista, interpretado por Guy Pearce: un personaje que sigue una búsqueda errática, lastrado por su incapacidad para crear nuevos recuerdos desde que sufrió un golpe en la cabeza, para vengar la violación y asesinato de su mujer. Para ello se vale de fotografías sacadas con una Polaroid, con las que intenta hacerse una composición de lugar de las personas con las que se encuentra, los lugares por los que pasa y, sobre todo, intenta recordar cuál es su único fin, ahora que ha perdido la memoria, los sentimientos, a su mujer: en definitiva, todo. Sólo queda la venganza, y para ello se va tatuando en el cuerpo las pistas que debe seguir para encontrar al causante de su catástrofe.

Para intentar adentrarnos en la caótica mente del protagonista, Christopher Nolan se vale del recurso de contar la historia hacia atrás, empezando por la última escena y acabando por la inicial, en la que el origen de la trama se desvela. La película no es solamente un continuo regreso al origen de la historia, sino que las escenas están fragmentadas y cada una de ellas tiene un final por el que empieza y un origen por el que acaba; y, por si fuera poco, entre medias aparece intercalada, de forma obsesiva, la historia de Sammy Jenkins, la historia que recuerda el protagonista una y otra vez y que tiene como principal talismán a la hora de recordar su condición mental, su desorientación, su desastre. En ocasiones, ni siquiera recuerda la muerte de su mujer e incluso es capaz de contratar a una prostituta para así poder despertarse con la conciencia de su pérdida y poder deshacerse de una ristra de recuerdos que guarda: un libro que ella solía leer, el peine con el que se arreglaba… Cuando lo hace, quemando los detalles que conservaba, sólo acierta a decir:
Tal vez ya lo haya hecho antes. Habré quemado toneladas de cosas tuyas. No me acuerdo de olvidarte.
Por encima de detalles argumentales, si hay algo que queda en el espectador de Memento es la conciencia de que nos hallamos ante una sombría metáfora de la vida. El protagonista, que lo ha perdido todo, se mantiene con vida con un único objetivo, y dicho objetivo no es más que el epílogo falso de la historia que él mismo se ha construido, de forma inconsciente, para mantenerse con vida. No hay asesino de su mujer, no hay búsqueda posible. Por otro lado, las personas de las que se rodea lo utilizan para sus propios fines, lo engañan e intentan llevarlo de un lugar a otro para que cometa el asesinato que más convenga en cada caso. Cuando finalmente componemos el puzzle completo de la historia, lo cierto es que no resulta difícil sentirse identificado con quien es engañado por todos, y que se vale de unas fotografías en las que va apuntando lo poco de lo que es capaz de advertirse a sí mismo, en los breves momentos de lucidez sobre las intenciones de quienes lo rodean. Pero las fotografías no son suficientes, y sus momentos de lucidez con un bolígrafo a mano, escasísimos. Tal vez cualquiera de nosotros debería haber hecho algo así con ciertas personas, aun a riesgo de ser tomado por loco o por paranoico, para no olvidar la manipulación o el daño de que son capaces nuestros semejantes.
Y, quizá, lo más desolador de la historia es el momento en el que el propio protagonista recibe, por boca de su acompañante habitual (Joe Pantoliano, que se desvela como el policía que había seguido el caso su mujer), la verdadera explicación de todo. La breve lucidez del protagonista, en el momento decisivo, no lo lleva a lamentarse –como tantas veces hace a lo largo de la historia-, sino a quemar todas las pruebas de su verdadera realidad para poder componerse otra realidad a su manera, libre de culpas. Un informe policial con páginas arrancadas –y arrancadas por él mismo, para fragmentar la realidad a su gusto- y la conciencia de que “todos” necesitamos recuerdos, y recuerdos lo más dulcificadamente falsos que sea posible, por encima de la verdad de los hechos, ponen fin a una conmovedora y ensoñadora historia por la que Christopher Nolan merece un puesto de privilegio entre los creadores de cine contemporáneos.

14 de octubre de 2007

Los mejores años de Hollywood


No hay mejor forma de recordar lo que en su día supuso artística y éticamente la industria de Hollywood que viendo Los mejores años de nuestra vida, la obra maestra con la que el hoy bastante olvidado William Wyler mostró en 1946 a los espectadores de cine las difíciles condiciones que se encontraron los soldados que habían luchado en la II Guerra Mundial de regreso a casa. La película rebosa emoción, honestidad y un dramatismo que convierten las casi tres horas de metraje en un amargo y duro aunque imprescindible viaje por las envés de una victoria militar rotunda, completa y que contribuyó a liberar al mundo del nazismo, pero que escupió a sus principales protagonistas de regreso a una realidad en la cual debían empezar de cero o tal vez incluso unos peldaños más abajo.


La película se centra en tres soldados, interpretados por Frederic March, Dana Andrews y Harold Russell, que se conocen en el avión militar de regreso a su pueblo natal. Cada uno de ellos parte de una situación muy distinta: Frederic March es un bien situado trabajador de la banca que ha tenido una discreta actuación durante la guerra y a quien le esperan una sobria mujer con la que comparte veinte años de matrimonio y dos hijos que han crecido mucho en su ausencia. Dana Andrews, en cambio, procede de una familia muy humilde y su única experiencia anterior a la guerra se reduce a la venta de helados; sin embargo, es el que más condecoraciones ha obtenido durante la contienda y espera reencontrarse con una esposa a la que apenas conoce. El tercero, Harold Russell, procede de una familia de clase media y le espera una novia "de toda la vida" -apenas una niña, reconoce a sus compañeros en el viaje de vuelta-, pero ha sufrido las peores secuelas: ha perdido sus manos y teme la reacción de todos. Poco a poco, Wyler va mostrando las decepciones, las dificultades y los fracasos de los tres. Frederic March es quien más claro lo tiene cuando bajan del avión de regreso:

Me siento como si fuese a desembarcar en Normandía.
La ironía con la que va encajando la nueva situación y la sobriedad de su mujer -una Myrna Loy que supera sus mejores papeles al lado de W.S. Van Dyke y William Powell en los años 30- no impedirán las dificultades que se encuentra de regreso a su trabajo en el banco, con "el aval" que le exige el director antes de concender préstamos a veteranos de guerra. Lejos de entender la "nueva racionalidad" de los negocios, ironiza:
Le pedí un aval a mi comandante para conquistar la colina. Como no había aval no conquistamos la colina y perdimos la guerra.
Es el Frederic March convertido en comediante uno de los mejores actores del filme, pero resulta difícil catalogarlo como "el mejor" ante la extraordinaria actuación de Harold Russell, quien además de no ser actor profesional había sufrido en la guerra el mismo accidente del personaje que interpretaba. Así, consiguió dos Oscars por el mismo papel: el de mejor actor secundario y otro especial por "dar esperanza y mostrar coraje a los veteranos de guerra". Para la conmovedora y difícil historia que vive con su novia, una joven y dulcísima Cathy O'Donnell, sobran los aspavientos, las sobreactuaciones o incluso los diálogos: sólo dos actores, frente a frente.


Y, como siempre, está una extraordinaria Teresa Wright, la hija de March que se ha hecho adulta durante la guerra y cuya historia con un progresivamente decepcionado Dana Andrews -con su esposa, una frívola Virginia Mayo, y con su trabajo de camarero, que pierde tras una pelea con un simpatizante de los nazis-, es capaz de eclipsar hasta a las dificultades de Harold Russell con sus nuevas manos (unos ganchos con los que la Marina le ha enseñado a desenvolverse pero, como comentan sus compañeros en el taxi de regreso, no le han enseñado a abrazar a su novia). La decepción del héroe de guerra Andrews llega al punto de describir a su padre las menciones de honor recibidas como


Un montón de palabras bonitas, que no significan nada. Las dan a montones, como el rancho.
Dana Andrews, a pesar de su habitual inexpresividad, está a la altura de una excepcional Teresa Wright, el personaje civil que tal vez ha evolucionado más durante la guerra por su trabajo como enfermera, y que al igual que en La loba y La señora Miniver demuestra que nada más eficaz para una actuación memorable que saber expresar vida, tristeza, alegría o decepción con una simple expresión de los ojos.

Todo en Los mejores años de nuestra vida roza la perfección, y después de verla no es fácil saber qué es más elogiable, si la altura moral o la artística de la obra. El mismo Wyler, que tiene en su haber media docena de grandes películas y tres Oscars al mejor director, había combatido en la guerra y realizado cuatro años antes una espléndida contribución a la victoria aliada, La señora Miniver, indisimulada película de propaganda destinada al público británico con la que también obtuvo multitud de galardones de la industria (seis) en una ceremonia a la que el gran cineasta no pudo acudir por estar participando en un bombardeo sobre Alemania.
En un Hollywood que en 1946 estaba repleto de héroes de guerra, como George Stevens, John Huston, John Ford o Frank Capra, ninguna otra obra supo reflejar como Los mejores años de nuestra vida el excepcional clima de una industria que se encontraba en la mejora etapa de su historia. Un año después, el Comité de Actividades Antiamericanas iniciaría sus actuaciones contra algunos de sus mejores representantes y nada volvería a ser igual.

5 de octubre de 2007

La verdad de Fresas Salvajes



-Voy a tener un hijo.

-¿Estás segura?
-El médico me lo dijo ayer.

-Ah, ¿sí? Así que ése era el secreto.

-Quiero que sepas que lo voy a tener.

-Pareces decidida.

-Sí, así es.

-No quiero hijos, tendrás que elegir.

-Pobre Evald...

-No me compadezcas. Es absurdo vivir en este mundo, y más aún traer hijos a él y pensar que vivirán mejor que nosotros.

-Es sólo una excusa.

-Piensa lo que quieras. Fui el hijo no deseado de un matrimonio infernal. ¿Estás segura de que el viejo cree que soy su hijo?

-No es excusa para portarte así.

-Tengo que estar en el hospital a las tres, no tengo tiempo ni ganas de hablar.

-¡Cobarde!

-Sí, lo soy. A mí esta vida me revuelve el estómago y no pienso hacer nada que me ate a ella ni un segundo más allá de lo imprescindible. Sabes que lo digo en serio. Sé que no tienes razón.

-No existe lo correcto y lo incorrecto.

-Cada uno actúa como necesita. Lo puedes leer en cualquier libro de la escuela elemental.

-¿Y qué necesitamos?

-Tú, vivir, existir y crear vida.

-¿Y tú?

-Estar muerto. Total y definitivamente muerto.


(Ingrid Thulin y Gunnar Bjornstrad, en Fresas Salvajes, de Ingmar Bergman).